martes, 10 de abril de 2018
jueves, 5 de abril de 2018
NUEVA ESPERANZA
Me despierto sobresaltada en una camilla de una habitación blanca y fría. Tardo unos minutos en acostumbrarme a la luz y poder enfocar lo que me rodea. Intento incorporarme pero noto un punzante dolor en el pecho. Escucho pasos detrás de la puerta y segundos después, una enfermera entra y se acerca. Me pregunta cómo me encuentro y me informa de que he sufrido nuevamente una crisis pulmonar.
Todos éramos conscientes de que llegaríamos a esta situación, pero a pesar de los avisos del avance del calentamiento global, lo habíamos ignorado. La Tierra se ha convertido en un planeta inhabitable. El agua, incluidos los glaciares y casquetes polares, se han evaporado debido al gran aumento de la temperatura, la mayor parte de la vegetación y de los animales, se ha extinguido y la composición de la atmósfera ha cambiado, lo cual es una amenaza para el ser humano. Por esta razón, la población que hemos sobrevivido, nos hemos agrupado en grandes ciudades, y gracias a la tecnología avanzada, protegidas por una cúpula de gases que cumplen la función de la antigua atmósfera y nos aislan del exterior. Fuera de esta, la vida sería imposible.
La enfermera me explica los cuidados que tengo que seguir para no volver a recaer enferma. Tocan a la puerta y seguidamente entran dos personas. Me alegro mucho ver a Lucas y a Julio. Julio es un joven profesor de química que imparte clases en la universidad donde yo enseño biología, y Lucas es amigo nuestro desde que éramos estudiantes Julio y yo. Lo conocimos durante una excursión que hicimos a una de las pocas reservas naturales que quedaban, donde él ejercía como guardabosques.
El malestar parece disminuir notablemente al estar ellos aquí. Hablamos de los graves problemas que hemos ocasionado el hombre al planeta. Julio nos cuenta que cada vez hay más casos de gente con problemas respiratorios, como es mi caso. Juntos recordamos los momentos de felicidad y plenitud que compartíamos cuando aún existía flora y fauna.
Lucas nos confiesa su necesidad de salir de la ciudad, en la que llevamos más de quince años, para no sentir esa claustrofobia que dice ahogarle. Todos compartimos la misma idea y hablamos de la probabilidad de salir los tres para investigar posibles soluciones y remediar la situación. Julio nos habla de Nora, una amiga astronauta que también tiene esa misma inquietud. Ella aún conserva algunos trajes espaciales en buen estado, así que acordamos ir a visitarla en cuanto me den el alta.
Tres semanas después, tras haber planeado detalladamente cada aspecto de la expedición, emprendemos los cuatro nuestro viaje, vistiendo el equipo que nos ha facilitado Nora.
Decidimos salir al anochecer, cuando hay menos vigilancia. Lucas nos guía por una túnel que fue construido como salida de emergencia. Al final del largo túnel, se encuentran dos puertas de seguridad que Julio consigue desactivar por unos segundos, los suficientes para atravesarlas.
Nada más salir, noto una subida súbita de la temperatura, a pesar de la protección que me ofrece el traje. Debido a la oscuridad que todavía hay, acordamos esperar hasta el amanecer para iniciar nuestro andar. Con los primeros rayos de sol, me percato de que el paisaje que nos rodea es seco y árido, sin ningún signo de vida. Emprendemos hacia el norte, con la esperanza de encontrar algún tipo de vida, en el caso de que siga existiendo...
Caminamos durante varios días intentando mantener el ánimo, aunque el paisaje sigue siendo desolador, solo piedras, arena y polvo.
Llevamos algunos suplementos alimenticios y solo paramos una vez al día para comer. Durante media hora nos desprendemos de nuestros cascos aún a riesgo de dañar definitivamente nuestros pulmones. Somos conscientes de que no viviríamos mucho tiempo sin la protección del equipo.
El quinto día atravesamos lo que fue en su momento el cauce de un gran río. Lucas nos recuerda con tristeza cómo fue ese paisaje; una extensa arboleda de chopos que daban cobijo a una abundante fauna, ahora convertido en un desierto.
Al sexto día encontramos con regocijo algunos tipos de cactus, lo cual me embarga de emoción. Continuamos avanzando con ánimo renovado.
En nuestra ruta siempre hacia el norte, hallamos lo que en su momento fue una gran ciudad. No encontramos ningún signo de vida; parece como si la ciudad entera hubiera ardido hace mucho tiempo. Retomamos en silencio nuestro trayecto. A diferencia del día anterior, no tengo ganas de hablar y camino absorta en mis pensamientos, pero compruebo que a los demás les sucede igual.
El oxígeno y los suministros se van acabando, y con ellos nuestras esperanzas. Sé que no hay opción de regresar, pero ninguno de nosotros parece arrepentirse de haberse embarcado en esta aventura.
Al mediodía del décimo día, una sombra nos sorprende; ¡sobre nosotros, una pequeña bandada de patos nos sobrepasa llevando nuestro mismo rumbo! Miro a mis amigos y en todos encuentro una amplia sonrisa. Noto mi corazón latir con fuerza en mi pecho y todos apresuramos el paso.
Al llegar a la cima de la siguiente cuesta, divisamos una masa vegetal a modo de pequeño oasis. En medio, un pequeño lago donde los patos reposan. Lucas es el primero en salir corriendo hacia este, pero al instante todos le seguimos. Noto caer cálidas lágrimas sobre mis mejillas y veo a Nor llorar de felicidad al igual que yo.
A lo mejorr es posible que podamos vivir de nuevo en este increíble planeta que se nos ha otorgado. Es posible que la Tierra nos haya regalado una nueva oportunidad para hacerlo mejor.
Todos éramos conscientes de que llegaríamos a esta situación, pero a pesar de los avisos del avance del calentamiento global, lo habíamos ignorado. La Tierra se ha convertido en un planeta inhabitable. El agua, incluidos los glaciares y casquetes polares, se han evaporado debido al gran aumento de la temperatura, la mayor parte de la vegetación y de los animales, se ha extinguido y la composición de la atmósfera ha cambiado, lo cual es una amenaza para el ser humano. Por esta razón, la población que hemos sobrevivido, nos hemos agrupado en grandes ciudades, y gracias a la tecnología avanzada, protegidas por una cúpula de gases que cumplen la función de la antigua atmósfera y nos aislan del exterior. Fuera de esta, la vida sería imposible.
La enfermera me explica los cuidados que tengo que seguir para no volver a recaer enferma. Tocan a la puerta y seguidamente entran dos personas. Me alegro mucho ver a Lucas y a Julio. Julio es un joven profesor de química que imparte clases en la universidad donde yo enseño biología, y Lucas es amigo nuestro desde que éramos estudiantes Julio y yo. Lo conocimos durante una excursión que hicimos a una de las pocas reservas naturales que quedaban, donde él ejercía como guardabosques.
El malestar parece disminuir notablemente al estar ellos aquí. Hablamos de los graves problemas que hemos ocasionado el hombre al planeta. Julio nos cuenta que cada vez hay más casos de gente con problemas respiratorios, como es mi caso. Juntos recordamos los momentos de felicidad y plenitud que compartíamos cuando aún existía flora y fauna.
Lucas nos confiesa su necesidad de salir de la ciudad, en la que llevamos más de quince años, para no sentir esa claustrofobia que dice ahogarle. Todos compartimos la misma idea y hablamos de la probabilidad de salir los tres para investigar posibles soluciones y remediar la situación. Julio nos habla de Nora, una amiga astronauta que también tiene esa misma inquietud. Ella aún conserva algunos trajes espaciales en buen estado, así que acordamos ir a visitarla en cuanto me den el alta.
Tres semanas después, tras haber planeado detalladamente cada aspecto de la expedición, emprendemos los cuatro nuestro viaje, vistiendo el equipo que nos ha facilitado Nora.
Decidimos salir al anochecer, cuando hay menos vigilancia. Lucas nos guía por una túnel que fue construido como salida de emergencia. Al final del largo túnel, se encuentran dos puertas de seguridad que Julio consigue desactivar por unos segundos, los suficientes para atravesarlas.
Nada más salir, noto una subida súbita de la temperatura, a pesar de la protección que me ofrece el traje. Debido a la oscuridad que todavía hay, acordamos esperar hasta el amanecer para iniciar nuestro andar. Con los primeros rayos de sol, me percato de que el paisaje que nos rodea es seco y árido, sin ningún signo de vida. Emprendemos hacia el norte, con la esperanza de encontrar algún tipo de vida, en el caso de que siga existiendo...
Caminamos durante varios días intentando mantener el ánimo, aunque el paisaje sigue siendo desolador, solo piedras, arena y polvo.
El quinto día atravesamos lo que fue en su momento el cauce de un gran río. Lucas nos recuerda con tristeza cómo fue ese paisaje; una extensa arboleda de chopos que daban cobijo a una abundante fauna, ahora convertido en un desierto.
Al sexto día encontramos con regocijo algunos tipos de cactus, lo cual me embarga de emoción. Continuamos avanzando con ánimo renovado.
En nuestra ruta siempre hacia el norte, hallamos lo que en su momento fue una gran ciudad. No encontramos ningún signo de vida; parece como si la ciudad entera hubiera ardido hace mucho tiempo. Retomamos en silencio nuestro trayecto. A diferencia del día anterior, no tengo ganas de hablar y camino absorta en mis pensamientos, pero compruebo que a los demás les sucede igual.
El oxígeno y los suministros se van acabando, y con ellos nuestras esperanzas. Sé que no hay opción de regresar, pero ninguno de nosotros parece arrepentirse de haberse embarcado en esta aventura.
Al mediodía del décimo día, una sombra nos sorprende; ¡sobre nosotros, una pequeña bandada de patos nos sobrepasa llevando nuestro mismo rumbo! Miro a mis amigos y en todos encuentro una amplia sonrisa. Noto mi corazón latir con fuerza en mi pecho y todos apresuramos el paso.
Al llegar a la cima de la siguiente cuesta, divisamos una masa vegetal a modo de pequeño oasis. En medio, un pequeño lago donde los patos reposan. Lucas es el primero en salir corriendo hacia este, pero al instante todos le seguimos. Noto caer cálidas lágrimas sobre mis mejillas y veo a Nor llorar de felicidad al igual que yo.
A lo mejorr es posible que podamos vivir de nuevo en este increíble planeta que se nos ha otorgado. Es posible que la Tierra nos haya regalado una nueva oportunidad para hacerlo mejor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

